En una ciudad como
Madrid, atravesada por una oferta cultural abundante pero probablemente
desigual en términos de representación cinematográfica, la aparición de una
muestra dedicada en específico al cine latinoamericano independiente no es un
gesto menor. Del 5 al 8 de mayo, la Sala Luis García Berlanga de la Universidad
Complutense acogió la primera edición de Bárbaro, Muestra de Cine Latinoamericano
Independiente, un proyecto que durante cuatro días propuso algo
cada vez menos frecuente en el ecosistema de los festivales contemporáneos:
tiempo para ver, escuchar y conversar.
Según Gustavo
Vega, coordinador del festival, “lejos del modelo dominado por la
velocidad, la acumulación de títulos y la lógica de mercado, Bárbaro ha
apostado por una programación contenida pero articulada alrededor de una idea
clara: generar un espacio de encuentro entre cineastas latinoamericanos y
público español, no solo a través de la exhibición, sino mediante la conversación
crítica posterior a las proyecciones”.
Vega afirma que “la
propuesta resulta especialmente pertinente si se considera que buena parte del
cine latinoamericano contemporáneo continúa llegando a Europa de forma
fragmentaria: algunas películas logran circular por grandes festivales o
plataformas, mientras una vasta producción independiente permanece fuera del
radar”. En ese contexto, Bárbaro ha funcionado como un dispositivo de
mediación cultural, abriendo un lugar para cinematografías que a menudo quedan
atrapadas entre los límites de la distribución y la sobreprogramación cultural
típica de Europa.
La programación
reunió largometrajes y cortometrajes procedentes de distintos territorios
latinoamericanos, configurando un mapa heterogéneo de sensibilidades y
búsquedas formales. Entre los invitados, estuvieron el director mexicano J. Xavier Velasco,
quien presentó Cocodrilos;
la cineasta argentina Paula
Markovitch, con Ángeles,
y Emma Rozanski,
directora de El vaquero,
rodada en Colombia.
La presencia de los
realizadores propició uno de los núcleos más relevantes de la muestra: los
coloquios a partir de las proyecciones en que, encabezados por el profesor José
Antonio Jiménez de las Heras, participaron académicos de la Universidad
Complutense y el público asistente. Para Pedro Cascos, otro de los
coordinadores del festival, “estos encuentros han permitido desplazar el foco de la
simple recepción hacia una experiencia de lectura compartida, donde las
películas han actuado como detonantes de la discusión sobre territorio,
memoria, representación, modos de producción y circulación transnacional”.
En este sentido, Bárbaro
ha parecido asumir que mostrar cine latinoamericano en Europa implica algo
más que programar películas latinoamericanas: supone crear condiciones para su
contextualización, discusión y apropiación crítica por parte de nuevas
audiencias.
El cierre del
festival reforzó esta vocación expandida. El proyecto Azoteístas, liderado
por la artista sonora Valeria
Espinosa, ofreció una sesión en que se sonorizaron en vivo
piezas audiovisuales y cortometrajes, acompañada de una presentación de música
experimental junto a la artista italiana Aleksandra
Bellini. La incorporación de esta dimensión performativa
permitió abrir el festival hacia otros cruces entre imagen, sonido y
experimentación, ampliando el marco estrictamente cinematográfico.
En tiempos donde
gran parte de la experiencia audiovisual se desplaza hacia plataformas y
consumo individualizado, la primera edición de Bárbaro ha reivindicado
algo elemental pero cada vez más valioso: la construcción de comunidad
alrededor del cine.
Su aparición en
Madrid no solo suma un nuevo evento al calendario cultural de la ciudad, sino
que plantea una pregunta más interesante: qué lugar puede ocupar hoy el cine latinoamericano
independiente en Europa, cuando además de pantalla, se le ofrece interlocución.
Bárbaro ensaya una posible respuesta.
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