Barcelona ha recibido con una lluvia inmensa y persistente a Juan Carlos Pallarols. Ha venido unos pocos días para estar presente en la exposición de una mínima parte de su obra en el Hotel Catalunya Rambles. Y ha sido la ocasión perfecta para conversar con él sobre sus trabajos y su visión sobre la Argentina donde nació, en la ciudad de Banfield, hace ahora 83 años.
Habla un catalán impecable. Explica, risueño, que su abuelo, catalán que se trasladó a la Argentina, se hacía el sordo cuando él, de pequeño, le hablaba en castellano. Mantiene contacto con la Cataluña de sus antepasados y comenta anécdotas que tengo dudas sobre si las puedo explicar o no. En 2014 realizó unas esculturas de plata de 6,5 metros situadas en las torres de la basílica de la Sagrada Familia a unos 135 metros de altura. Un trabajo de más de dos años.

Entre las piezas que ha enseñado en la exposición de Barcelona está la base donde debe ir el cáliz que está haciendo por el papa León XIV. Me concedió el lujo de darle unos golpecitos que quedarán marcados para siempre en esta base. El papa Francisco, argentino como él, también disfrutó de un cáliz salido de su taller.
Uno de los encargos que han hecho más conocido a este orfebre son los bastones de mando de los presidentes argentinos. Cuando toman posesión le encargan a él que haga un nuevo bastón. Intuyo que el que más ilusión le hizo realizar es el de Raúl Alfonsín, presidente radical del país entre los años 1983 y 1989. En la conversación con él me demostró la admiración por Alfonsín. En cambio, ni Mauricio Macri ni Javier Milei han acabado contando con sus bastones. Al derechista Macri no le gustó el que le había hecho y Milei exigía que pusiera a los perros que para él son su referencia espiritual. Milei termina su mandato en 2029. Pallarols seguro que tendrá la vitalidad, la energía, las ganas y la ilusión para hacer el bastón de quien suceda a un presidente que no le gusta.
Es triste pero hablar de Argentina ahora obliga a hacerlo del presidente ultraderechista que tiene el país. Milei no es presidente porque la ciudadanía argentina se abstuviera en la elección que lo llevó al cargo. En Argentina votar es obligatorio. ¿Por qué es presidente, pues, de un país con fama de culto como el suyo un hombre que hace del disparate, el insulto y la sumisión a los Estados Unidos su razón de ser y de hacer? Tanto Pallarols como los dos argentinos que me acompañan en el encuentro -el periodista Roberto Daus y el dibujante David Pugliese– lo ven con tristeza y perplejidad. ¿Alguien puso mucho dinero en su campaña? ¿Los medios de comunicación, dónde ejercía de tertuliano polémico, lo propulsaron al éxito? ¿Los ciudadanos estaban cansados de unos gobiernos que no resolvían sus problemas y se arriesgaron a votar por alguien que representaba un cambio radical?
La realidad es que, ahora, Argentina tiene un presidente que se pasea por el mundo de cumbre de la extrema derecha en cumbre de la extrema derecha, que canta alabanzas del narcisista que manda en Estados Unidos y que le ríe la impertinencia cuando dice que no piensa estudiar el «maldito» idioma español porque no tiene ni tiempo ni ganas.
La realidad es que, ahora, cuando Juan Carlos Pallarols sale de su casa-museo del barrio de San Telmo en Buenos Aires se encuentra un gran número de personas durmiendo en la calle. Explica que nunca había visto tantas como actualmente y que esta realidad no le cuadra con los medios de comunicación y los analistas que aseguran que la economía del país va de perlas. Ni con eso ni con que los índices de pobreza se suban por las nubes. Y le cuadra menos aún cuando vive en un país que, según él, dispone de una riqueza potencial extraordinaria. Una riqueza que no llega a unos jóvenes que a menudo prefieren marcharse del país. Muchos a Estados Unidos -ya veremos si el Donald Trump enemigo de los inmigrantes los quiere- y una buena cantidad en España.
No concede demasiada importancia a que el héroe nacional, Lionel Messi, encajase hace unos días la mano del autócrata de Estados Unidos, en una recepción en la Casa Blanca. Es evidente que lo de Messi no es la política. Y, probablemente, en esta ocasión nadie llegó a tiempo para avisarle de que caería en una emboscada que le ha hecho perder muchos simpatizantes en todo el mundo. También en Ca’n Barça. Pallarols es de River. Y lo deja bien claro mostrando el carné de socio del equipo que guarda en su monedero.
Que su prestigio es enorme lo demuestra la pluma de escribir que me enseña antes de despedirnos. Se la encargó el abogado de Trump, dice. Con esta pluma firmo en el libro de dedicatorias que entregará al obispo León XIV cuando le lleve el nuevo cálize. León XIV nació en Estados Unidos, como Trump. En todos los países hay gente de bien y gente que no. Trump y un papa que, de momento, no desentona con el talante abierto de su predecesor argentino. Milei y un Pallarols que destila inteligencia, arte y cultura.
Una tarde bien aprovechada bajo la tozuda lluvia barcelonesa.




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